El Parlamento Europeo ha encadenado a la UE a la energía nuclear y al gas hasta el próximo siglo

El Movimiento Ibérico Antinuclear (MIA) denuncia que la transición energética será frenada por el coste de la inversión para prolongar estas energías sucias y peligrosas.

Se ha perdido una importantísima oportunidad de encaminar un verdadero cambio hacia la soberanía y la seguridad en el modelo energético de la Unión Europea.  La votación del Parlamento conduce a habilitar financiación para mejoras y prolongación de vida aprobadas antes de 2040 de las centrales nucleares en funcionamiento y, para las nuevas que consigan  permiso de construcción antes de 2045.  El tiempo medio de construcción de una nuclear son diez años, por lo tanto se facilitaría la existencia de centrales nucleares hasta final de siglo y más allá. 

La UE es dependiente en combustible nuclear, el uranio enriquecido (Rusia disponía del 46% de la capacidad total de enriquecimiento de uranio en el mundo en 2018).  No tiene sentido aportar financiación para alargar esa dependencia.

La electricidad nuclear no puede solucionar el gravísimo problema de los altos precios en todo el continente. Como muestra el precio “spot” máximo alcanzado ayer 6 de julio: en Francia, el país europeo con más centrales nucleares en funcionamiento, e impulsor de la aberración de nuclear verde, se llegó a los 419 €/MWh mientras en España y Portugal fue de 167 €/MWh.  La nuclear no garantiza precios bajos.

Pero lo que sí caracteriza a la energía nuclear es ser muy intensiva en capital, por lo que  se reducirá la financiación disponible para la mejora de la eficiencia energética y el despliegue de instalaciones renovables en Europa. Esas son las auténticas vías de descarbonización de la UE, las que garantizan la reducción permanente de emisiones y la independencia energética de la región

El apoyo a la energía nuclear se hace en detrimento de las renovables. No hay complementariedad porque la tipología de nucleares en España carece de la flexibilidad necesaria para variar su potencia, sin correr riesgos, con suficiente rapidez y cuantía para compensar la variabilidad de la producción renovable, sobre todo eólica.  Desde 2008 han surgido conflictos entre la producción nuclear y la eólica en situaciones de baja demanda y oferta alta, porque no puede verterse a la red más electricidad de la que se consume y no se dispone de suficientes medios de almacenamiento masivo. Estos conflictos terminan con desconexión de aerogeneradores. La eólica genera  prácticamente tanta electricidad como la nuclear, por tanto a medida que aumente el despliegue renovable este problema se agravará. Aunque la producción eólica es más barata, entrará en red la nuclear, lo que, además de retardar la amortización de las renovables, encarecerá la factura a los consumidores.

Una mentira repetida miles de veces … no se hace verdad, es falso que esté «libre de CO2», porque  tras cada recarga de combustible de una nuclear hay minería de uranio, tratamiento del mineral, proceso de enriquecimiento en uranio fisionable, fabricación de las pastillas de combustible y todos los transportes implicados. Hay recargas cada año y medio o dos años, dependiendo del tipo de central y de cómo se gestione.   Claro que, a medida que la explotación de las minas haga disminuir la concentración de uranio, las emisiones de la obtención del combustible aumentarán: se estima que serán como las de centrales de gas a mediados de siglo si se mantiene el porcentaje nuclear de hoy (solo el 10%) en la electricidad mundial. Una energía extremadamente sucia y peligrosa que también contribuye al cambio climático.

El Movimiento Ibérico Antinuclear rechaza que la UE apueste por la electricidad nuclear y el gas natural. La transición energética se basa en el ahorro de energía, la mejora de la eficiencia en su obtención y utilización junto con el cambio a fuentes renovables